Travesías en El Chaltén: Guía para Caminar Bajo el Fitz Roy
La pequeña villa de montaña en la provincia de Santa Cruz conserva la mística de los pioneros andinos. Una inmersión en la geografía más sobrecogedora del sur.

Llegar a El Chaltén por la mítica Ruta Provincial 41 tras bordear el Lago Viedma es una experiencia casi ceremonial. Conforme la estepa árida se pliega hacia el oeste, la silueta granítica del macizo Fitz Roy —o cerro Chaltén, que en lengua aonikenk significa «montaña que humea»— domina el horizonte con una presencia hipnótica.
El magnetismo de Laguna de los Tres
El sendero hacia Laguna de los Tres es la marcha insignia de la región. Se inicia en el extremo norte del pueblo o en la hostería El Pilar para un trayecto menos repetitivo. Tras atravesar bosques de lengas y ñires, el último kilómetro de ascenso por la morrena glacial exige concentración y calzado técnico.
La recompensa en la cima justifica cada paso: el espejo de agua glaciar adquiere tonos turquesas imposibles de describir, mientras la mole de piedra vertical se eleva casi un kilómetro por encima de la mirada.
Recomendaciones indispensables de campo
- Indumentaria por capas: En la Patagonia austral el clima puede alternar sol abrasador, lluvia horizontal y nevadas en menos de dos horas.
- Principio de no dejar rastro: Todo residuo generado debe regresar con el caminante hasta los puntos de clasificación en el pueblo.
- Agua pura: Los arroyos de deshielo en las cotas altas presentan pureza excepcional, aunque siempre es prudente consultar el estado de cada vertiente con los guardaparques.
Laguna Torre y el espectáculo de los seracs
Menos empinada pero igualmente cautivante, la travesía hacia Laguna Torre ofrece vistas panorámicas del Cerro Torre y sus agujas afiladas. En días despejados, pequeños témpanos desprendidos del glaciar Grande flotan a la deriva en la orilla pedregosa, impulsados por vientos catabáticos que bajan del manto de hielo patagónico.
«Caminar en El Chaltén es aprender a escuchar el viento y a reconocer que el ser humano es apenas un testigo fugaz frente a la paciencia mineral de los Andes.»
Para quienes buscan desconectar del ritmo acelerado de las grandes metrópolis, este rincón santacruceño representa un regreso a lo elemental: aire gélido, leña encendida en las cabañas al anochecer y el crujido constante del suelo bajo las botas.